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Cuba

La Habana antes de Fidel, el demoledor testimonio

Para los que hace tiempo venimos hablando de aquella Cuba que fue exterminada con demoledora brutalidad me alegra que existan voces que den luz de cómo era nuestra Cuba. El demoledor testimonio desde  Letras Libres no deja dudas sobre la génesis de la destrucción de un país, pero a su vez la esperanza de que cada día más voces se unirán al concierto: basta, basta de tanto castrismo

Cuba como cualquier país de este mundo habitado por humanos no era una taza de oro, muy lejos de ser perfecta, sin embargo no merecía el destino de sus últimos 60 años de barbarie y castrismo con un ansia permanente en perpetuar y modificar el pensamiento de sus habitantes.

Los más de 30 millones de cubanos y sus ilustres antecesores y descendientes tenemos derecho a saberlo todo. A cuando era niño conservo muchos recuerdos y esos el castrismo no me los pudo arrebatar. Otros millones de cubanos nacidos libres también los tenemos y solo se trata de que todos contribuyamos a dibujar la realidad que existió y con ello los cubanos podrán en el futuro componer su destino….

El articulo al que me refiero es La Habana antes de Fidel, escrito por Víctor Manuel Camposeco en el blog Letras Libres, un testimonio valioso y que invito a que sea leído. Para los que no tienen claro como fue posible todo aquello al final del artículo el autor incluye el alegato  de “Miguel Ángel Quevedo se exilió en Venezuela y se suicidó en 1969. Agobiado por los remordimientos de su trabajo periodístico, que ayudó mucho a la llegada de Castro al poder, antes de suicidarse escribió una carta de despedida a su amigo y colega Ernesto Montaner:

Sé que después de muerto llevarán sobre mi tumba montañas de inculpaciones. Querrán presentarme como “el único culpable” de la desgracia de Cuba. Y no niego mis errores ni mi culpabilidad [pero] culpables fuimos todos, en mayor o menor grado de responsabilidad.

Los periodistas que llenaban mi mesa de artículos demoledores, arremetiendo contra todos los gobernantes. Buscadores de aplausos que, por satisfacer el morbo infecundo y brutal de la multitud, por sentirse halagados por la aprobación de la plebe, vestían el odioso uniforme que no se quitaban nunca.

No importa quién fuera el presidente. Ni las cosas buenas que estuviese realizando a favor de Cuba. Había que atacarlos, y había que destruirlos. El mismo pueblo que los elegía, pedía a gritos sus cabezas en la plaza pública.

Fidel no es más que el resultado del estallido de la demagogia y de la insensatez. Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por resentidos, por demagogos, por estúpidos o por malvados, somos culpables de que llegara al poder. Los periodistas que conociendo la hoja de Fidel, su participación en el Bogotazo Comunista, el asesinato de Manolo Castro y su conducta gangsteril en la Universidad de la Habana, pedíamos una amnistía para él y sus cómplices en el asalto al Cuartel Moncada, cuando se encontraba en prisión.

Aquella calle contaminada por el odio que aplaudió a Bohemia cuando inventó “los veinte mil muertos” [que supuestamente había asesinado Batista]. Invención diabólica del dipsómano Enriquito de la Osa [a la sazón director de la revista], que sabía que Bohemia era un eco de la calle, pero que también la calle se hacía eco de lo que publicaba Bohemia.

Ojalá mi muerte sea fecunda. Y obligue a la meditación. Para que los que pueden aprendan la lección. Y los periódicos y los periodistas no vuelvan a decir jamás lo que las turbas incultas y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para que la prensa no sea más un eco de la calle, sino un faro de orientación para esa propia calle […] Para que los anunciantes no llenen de poderío con sus anuncios a publicaciones tendenciosas, sembradoras de odio y de infamia […] Dile a todos mis compatriotas que yo perdono con los brazos en cruz sobre mi pecho, para que me perdonen todo el mal que he hecho.

 

 

 

 

 

 

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